28 junio, 2020
Manuel Lino González (49 artículos)
Compartir

El legado genético de Alejandro Magno

Un estudio de ADN antiguo resuelve un dilema de la arqueología y la historia salvo en el caso del excepcional general macedonio

La primera batalla como general de quien sería llamado Alejandro Magno la dio cuando tenía 16 años, comandaba una parte del ejército mientras su padre, Filipo II de Macedonia, estaba al frente de la otra. Filipo educó a su hijo para la guerra; además, en cuanto a cultura general, le consiguió al que quizá era el mejor tutor que de la época: el filósofo Aristóteles. 

Macedonia era una de las ciudades-estado de Grecia; pero, aunque sus atletas participaban en las olimpiadas, era considerada poco importante. Sin embargo, el ejército macedonio era un semillero innovaciones, entre armas y formaciones militares, lo que eventualmente permitió a Filipo II, general hábil y muy ambicioso, atacar y someter a todas las ciudades estado salvo a Esparta, a la que no se atrevió a atacar.

En el año 336 antes de Cristo, Filipo II ya dominaba Grecia y estaba iniciando una campaña contra el imperio persa, cuando fue asesinado por uno de sus guardaespaldas. Era un día de celebración. Filipo fue apuñalado mientras se disponía a oficiar la boda de su hija, Cleopatra de Macedonia, con Alejandro I de Epiro, quien era el hermano de Olimpia, madre tanto de Cleopatra como del futuro Alejandro Magno.

Sobre los motivos del asesino se han hecho muchas especulaciones; que era un amante celoso al que Filipo había abandonado por otro; que fue su propio hijo, el futuro Alejandro Magno, temeroso de que su tío, al ser también su cuñado, fuera a convertirse en rival por el trono; que el asesino había sido mandado por el emperador persa Darío III para evitar la campaña en su contra…

Si esta última hipótesis era la verdadera, merecería el premio al plan más malogrado de la historia, pues aunque el futuro Alejandro Magno tenía solo 20 años, no solo estaba preparado para ocupar el lugar de su padre en la guerra contra los persas, sino que la llevó a un extremo al que Filipo difícilmente hubiera llegado ni quería hacerlo.

Desde ese momento, hasta su muerte, apenas 12 años después, el hijo de Filipo se dedicó a perseguir a Dario III y a conquistar territorios como nadie lo había hecho antes o ni lo haría después; de ahí que se convirtiera en Alejandro Magno o El Grande. Pero hizo mucho más que batallar…

Arqueología de los genes

El equipo de Marc Haber, estudió el ADN de seres humanos que vivieron a lo largo de 4 mil años en lo que ahora es Beirut, Líbano, una de las zonas más importantes de la historia de la humanidad. 

“Está en el medio de todos esos antiguos imperios, el egipcio, el mesopotámico, el babilonio, el persa, el griego…”, comenta en entrevista Haber.

De hecho, agrega, “la región era importante desde antes que existieran los imperios. Cuando se inventó la agricultura (hace unos 12 mil años) hubo un aumento de la población y entonces pasaban por aquí para ir a otros lugares. Incluso era importante 60 mil años antes, pues se cree que es por donde los seres humanos salieron de África”. 

Haber no es historiador, él se encargó del análisis de los genomas de personas tomados en excavaciones correspondientes a distintos tiempos. A pesar de que las condiciones climáticas de la zona hacen muy difícil la preservación del material genético, los científicos consiguieron y analizaron el ADN completo de 19 individuos (poco menos de la tercera parte de las muestras que tenían al inicio), lo que les permitió estudiar cómo cambió la población.

Las muestras, aunque parezcan pocas, son representativas de la población de la zona: “Buscamos variaciones en el genoma completo, y éste proviene de ambos padres, que a su vez obtuvieron el suyo de sus padres, y ellos de los suyos, así que no estás mirando a un individuo, sino a toda la gente que ha contribuyó a ese individuo, que en unas cuantas generaciones resultan ser miles de personas”.  

Así, a partir de las ocho excavaciones y la comparación con genomas actuales, los científicos llegaron a una conclusión sorprendente: Aunque la zona fue una encrucijada de las grandes civilizaciones del mundo antiguo, invadida en multitud de ocasiones, con enormes cambios en las culturas, las religiones y los idiomas, la mayoría de estos cambios no tuvo efectos significativos en la población local, al menos desde el punto de vista de la genética.

Hubo tres excepciones: el comienzo de la Edad del Hierro (alrededor del 1,500 aC), la época que inició Alejandro Magno y el dominio del Imperio Otomano, de 1516 dC a 1918 (el imperio duró de 1299 hasta 1923).

Es decir, que los asirios, los babilonios, el imperio romano que ocupó la zona desde el siglo I aC hasta el V dC, los árabes y hasta las cruzadas, aunque fueran muy importantes para las élites y los soldados, pasaron genéticamente inadvertidos o sus genes se diluyeron al cabo de unos cuantos años.

TAL VEZ TE INTERESE LEER: “La humanidad cambió el clima desde hace 4,000 años

En la Edad de Hierro, hubo una colonización de la zona por los llamados “Pueblos del Mar”, de la que se tiene registro en inscripciones egipcias pero no se sabe mucho más. El estudio sería entonces una evidencia de que sí existieron esos Pueblos del Mar, para quienes aún dudan de ella. 

Por otra parte, el aumento de movilidad que ha habido en los últimos siglos explicaría los cambios en la genética poblacional durante el periodo otomano, pero ¿qué tuvo la efímera conquista de Alejandro Magno, que duró apenas poco más de 12 años para haber causado tan profunda impresión? 

La letra, con sangre entra

Se dice que Alejandro Magno o de Macedonia viajaba con tres objetos, cuenta Martin Puchner en The Written World (El mundo escrito). El primero era una daga, para no ser asesinado como su padre; el segundo era una caja que había pertenecido a Darío III, y el tercer objeto estaba adentro de la caja: La Ilíada, el poema épico en que Homero contó la historia de la guerra de Troya.

Puchner sostiene que Alejandro Magno quería seguir la trayectoria del gran héroe de La Ilíada, Aquiles, famoso por ser invulnerable salvo por el talón del que lo sostuvo su madre al sumergirlo en las aguas del río de los muertos.

El joven Alejandro aprendió a leer, escribir y pensar estudiando a Homero, a quién Aristóteles consideraba la fuente original de la cultura y el pensamiento griegos. Historiadores del pensamiento contemporáneos, como Isaiah Berlin o Peter Watson, están de acuerdo con Aristóteles:

Los relatos homéricos pueden ser consideradas las primeras narraciones modernas; sus personajes (incluyendo a los femeninos, algo muy notable en una sociedad patriarcal como la griega) eran fuertes pero también vulnerables, con emociones contradictorias y motivos tanto justos como mezquinos, como los seres humanos reales.

La cultura griega también fue la cuna de la historia, no porque Herodoto fuera el primero en registrar sucesos del pasado, sino porque tenía la idea homérica de que el otro bando también tenía razones y motivos. Del mismo modo actuó Tucídides, al reportar sobre la Guerra del Peloponeso.   

También en Grecia surgieron por primera vez el conocimiento médico, la poesía lírica, la comedia, la tragedia y la idea de que que el mundo se puede comprender y explicar por medio de la razón. 

Además, más o menos en la misma época en que se supone que existió Homero (el año 800 aC), los fenicios (que se ubican, más o menos, en lo que actualmente es Líbano) inventaron el primer sistema de escritura fonética, que representaba el sonido del lenguaje hablado y no hacía signos para representar objetos. Pero los fenicios solo escribían las consonantes, fueron los griegos quienes añadieron las vocales y crearon el alfabeto.

Y no es exagerado decir que Alejandro Magno llevó todo ese bagaje cultural en sus conquistas.

El legado genético de Alejandro Magno 1

Mosaico de Alejandro Magno del siglo XI en la catedral de Otranto, Italia. El mosaico que está como imagen principal fue hecho alrededor del año 100 aC en la Casa del Fauno en Pompeya. Fotos: WikiCommons.

La influencia de La Ilíada se notaba en sus combates. Su primer viaje de campaña fue, justamente, a Troya aunque ahí no hubiera con quien pelear; pero no muy lejos tuvo su primera batalla con un destacamento persa, la cual ganó con un ejército más pequeño pero mejor entrenado y con novedosas técnicas de batalla.

Más tarde, en el 333 aC, cerca de lo que actualmente es la frontera entre Turquía y Siria, Alejandro Magno derrotó otra vez al ejército persa y tuvo la oportunidad de atacar al propio Darío III, que alcanzó a huir. El macedonio capturó entonces a sus hijas, mamá y esposa, y la caja donde guardaría La Ilíada

Alejandro Magno siempre iba al frente de su ejército, encabezando el ataque, lo que infundía ánimo a la tropa y que quizá indica un intento de parecerse al invulnerable Aquiles, a quien sin duda imitó cuando, arrastró el cuerpo de un general enemigo alrededor de su ciudad, tal como Aquiles hizo con el cadáver de Héctor, rey de Troya.

Cuando volvió a derrotar a Darío en Mesopotamia, cerca de lo que actualmente es Mosul en Irak, y éste volvió a escapar, Alejandro Magno lo siguió persiguiendo, aunque ya no representaba una amenaza ni tenía imperio, con la intención de enfrentarse a él en combate singular y acabar arrastrándolo.

No tuvo el gusto, Darío fue asesinado por sus generales y, en un vano intento de aplacar a Alejandro, se lo dejaron como ofrenda. Molesto, el macedonio los alcanzó y les dio muerte.

La urgencia de Alejandro por dominar el mundo hacía que conquistara los territorios pero no que los ocupara; tomaba soldados para continuar en campaña y dejaba a los gobernantes locales y las estructuras de gobierno. También, con una extraña mezcla de sensibilidad y brutalidad, tras la muerte y la destrucción de las batallas, construía teatros, bibliotecas, imponía el alfabeto y el idioma griegos. La Ilíada era, por supuesto, el texto base para aprender a leer y escribir. 

Periodo de excepción

Alejandro Magno murió a los 32 años, después de una borrachera. Tal vez envenenado, tal vez no. Como sus generales se dividieron el imperio, éste no sobrevivió como tal, pero fue el inicio del período helénico; es decir, de la cultura griega fuera de Grecia, cuya capital informal llegó a estar no en Atenas sino en Alejandría, ciudad-puerto egipcia que Alejandro fundó en el 331 aC y emplazó estratégicamente para el comercio y donde construyó una gran biblioteca.    

Todo barco que llegara a Alejandría, que fue la primera de las alrededor de 20 ciudades a las que Alejandro Magno puso su nombre, debía compartir con la biblioteca la literatura que llevara abordo, la cual era copiada por un pequeño ejército de escribas y guardada en una colección de rollos que acabó por no tener rival en el mundo. 

La biblioteca de Alejandría existió durante 700 años y fue el eje de una auténtica industria del conocimiento. Entre sus rollos de papiro y después pergamino estuvieron personajes como Euclides, cuya geometría aún se aprende en las primarias; Arquímedes, el inventor; Eratóstenes, quien midió el tamaño de la Tierra, y Ptolomeo, cuyo sistema astronómico se usó por 15 siglos, hasta que llegaron Copérnico y Galileo. 

Por cierto, de la época de Alejandro Magno, pero del otro lado del Atlántico, también provienen los vestigios más antiguos de la escritura fonética maya, único ejemplo en la historia en que se puede afirmar que este tipo de escritura surgió de manera independiente del alfabeto griego.

Historiadores y arqueólogos consideran al periodo helénico fundado por el imperio de Alejandro Magno como una explosión de grandes cambios artísticos y culturales, de gran riqueza y con mucho intercambio comercial y de personas, y eso sí dejó huella en la genética, al menos en la población de Beirut que estudiaron Marc Haber y su equipo.

Pero fue un periodo de excepción. Para el resto de la historia del viejo mundo, por más turbulencias sociales que haya, el estudio resolvió una añeja pregunta: ¿Los grandes cambios culturales se deben a las ideas o a que llegó gente nueva? 

“Lo que encontramos es que cambian las ideas, no la gente”, dice Haber. 

Salvo en casos excepcionales como el de Alejandro Magno, que cambio tanto a las ideas como a la gente.

Manuel Lino González

Manuel Lino González

Estudié biología, música y creación literaria. Encontré trabajo como periodista. Estaba en contacto con todo lo que me entusiasmaba y, sin embargo, algo me faltaba. Entonces me di cuenta de que no me gustaban las paredes, fueran las del periódico o las que decidimos que existen entre periodismo y literatura, entre artes y ciencias, entre público y creadores, entre amigos y enemigos… Ahora estoy en una publicación donde, si no las derrumbamos, al menos vamos a explorar qué tan sólidas son. Se llama Los Intangibles. @ManuelLino_ manuel.lino@losintangibles.com