12 febrero, 2019
Manuel Lino González (12 artículos)
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La ciencia no tiene sexo, ¿o sí?

Dirán lo que quieran, pero es un hecho: la idea de que la cooperación es relevante para los fenómenos biológicos y económicos fue incorporada a la ciencia por mujeres, y no parece que a los científicos del llamado “sexo fuerte” eventualmente se les hubiera ocurrido algo así.

CDMX, 11/2/2019. “Mujeres, objeto para ser amado y divertirse -mejor que un perro, en todo caso”. Eso escribió Charles Darwin en junio de 1838 en una lista de pros y contras sobre la posibilidad de tener una esposa. Sería interesante conocer la opinión del naturalista inglés si hubiera sabido que sería una mujer quien finalmente respondería la pregunta que él dejó planteada desde el título de su libro El origen de las especies.

La enorme relevancia de su teoría de la evolución y la fama de Darwin suelen enmascarar el hecho de que, en realidad, no resolvió del todo la pregunta sobre cuál es el origen de las especies.

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Lynn Margulis, una de las mujeres más importantes para la biología y la ciencia moderna / Foto: Pandora Mirabilla

Su teoría alcanza a explicar cómo, con base en la variabilidad y la selección natural, las especies cambian en el tiempo y eventualmente se convierten en otra cosa, pero ni Darwin, ni sus seguidores los neodarwinistas, llegaron a explicar cómo, de pronto, suceden cambios repentinos y abruptos que dan lugar a seres vivos que pueden ser considerados nuevas creaciones, y no meras variaciones paulatinas de sus ancestros.

No pretendo restarle mérito a la aportación de Darwin ni al trabajo de quienes han trabajado en continuarla y expandirla; pero sí hacer énfasis en el trabajo de Lynn Margulis, una de las mujeres que le dio una nueva dimensión a la teoría de la evolución.

De la lucha a la simbiosis

La hipótesis de Margulis parte de la observación de dos tipos de organelos que presentan las células con núcleo, los cloroplastos y las mitocondrias; unos llevan a cabo la fotosíntesis en las células vegetales y, las otras, la respiración tanto en vegetales como animales.

Estos organelos tienen dos características notables: están formados por dos membranas que los separan del resto de la célula y poseen material genético propio, distinto al que está en el núcleo celular pero parecido al que tienen las bacterias, en caso de las mitocondrias, y las cianobacterias, en el de los cloroplastos.

Puesto así, la hipótesis salta a la vista: Mitocondrias y cloroplastos provienen de bacterias y algas que invadieron a células más grandes; eventualmente, se fue produciendo una tregua en esta lucha, luego se empezó a dar la cooperación entre ambas formas de vida y el resultado fueron seres vivos más eficientes.

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La teoría de la endosimbiosis propuesta por Lynn Margulis / Imagen: Research Gate

Antes de Margulis, tres hombres ya habían sugerido esta idea: el francés Andreas Schimper en 1883 y Konstantin Mereschkowski  en 1905 sobre los cloroplastos, e Ivan Wallin en la década de 1920 sobre las mitocondrias (esta historia la cuenta de maravilla Michael Brooks en el libro Free Radicals: The Secret Anarchy of Science).

Sin embargo, nadie les hizo caso, posiblemente porque la idea de que dos especies distintas se juntaran para generar una nueva parecía oponerse por completo a (o no cabía entre) las concepciones darwinistas y neodarwinistas. Tuvo que llegar una mujer a formular mejor y pelear por la idea.

Y vaya que Lynn Margulis dio guerra. Su artículo de investigación fue rechazado 15 veces antes de ser publicado y, una vez que lo fue, la autora se enfrentó no solo al rechazo y el desdén, también a la burla. Lejos de desanimarse, Margulis hizo lo mismo que Darwin: publicó en 1970 un libro con toda la evidencia que había juntado para demostrar su hipótesis, se llamó Origin of Eukaryotic Cells (el origen de las células eucariotas; en 1979 publicó una ampliación llamada Simbiosis in cell evolution).

El rechazo de los expertos siguió pero, como Margulis estaba en lo cierto, eventualmente los evolucionistas (en su mayoría hombres y zoologos) no solo se retractaron sino que han considerado las aportaciones de Margulis (1938-2011) entre las más importantes de la biología.

En realidad, después de la de Darwin,  esta es la segunda teoría de la evolución más importante y significativa. En parte, porque es una idea distinta y no una continuación o derivación. Pero, sobre todo, porque la idea de Margulis permite explicar mejor la enorme creatividad de la naturaleza: Tal pareciera que desde el sexo celular hasta los equipos de trabajo en las empresas, el encuentro de los diferentes, si logran llevarse bien, genera cosas nuevas y enriquecedoras.

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Lynn Margulis, una de las pocas mujeres en recibir el Premio Nacional de Ciencia de Estados Unidos, lo hace de manos del expresidente Bill Clinton / Foto: Phys

Y sin embargo, a Margulis nunca le dieron el premio Nobel; aunque es cierto que no hay un premio premio Nobel de Biología y la importancia médica de su descubrimiento apenas está empezando a vislumbrarse (por ejemplo, en la importancia de la microbiota en la salud)

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A la que sí le dieron el Nobel, pero de Ciencias Económicas, fue a Elinor Ostrom. Su trabajo no fue menos revolucionario que el de Margulis, ya que se basa también en una idea que puede parecer contraria a las del creador de la economía, Adam Smith.

De la tragedia a la colaboración, la visión de las mujeres en las ciencias

En 1776, en la Riqueza de las naciones, Adam Smith escribió “No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadera de dónde debemos esperar la cena, sino de la atención que tengan a sus propios intereses”. Desde entonces, pareciera que la sociedad occidental se quedó con la idea de que lo único que mueve a los seres humanos es el interés propio o, dicho de otra forma, el egoísmo.

Hay que decir que la idea de Smith no fue una creación científica, soportada por observaciones, evidencias y mediciones; sino que fue solo eso, una idea, una premisa basada en el “sentido común” que Smith no solo no tenía la posibilidad ni el interés de demostrar, tampoco se le podía haber ocurrido.

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La riqueza de las naciones, libro fundamental para las teorías económicas modernas / Foto: Nave Económica

Y es que Smith, al estar pensando en las naciones y sus riquezas, pasó por el alto el hecho de que él podía esperar la cena gracias a la benevolencia de una mujer, su mamá.

Katrine Macal en ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? no le llama benevolencia sino amor… Tal vez me equivoco al hacer el parafraseo en términos masculinos, pero es que -Carambas contigo, Adam- se perdería la ironía del comentario.

Las ciencias económicas siguieron basándose en la no demostrada premisa de Smith hasta que en 1968, en contraposición a las ideas hippies de la época, Garret Hardin publicó en la revista Science el artículo “La tragedia de los comunes”.

La idea trágica es sencilla: dado que todos los seres económicos actúan guiados por el interés propio, competirán por los bienes comunes y los explotarán hasta acabárselos. El ejemplo clásico sería una laguna a la que concurren varios pescadores, los cuales, viendo sólo por sí mismos y sus familias, pescarán hasta que no haya peces.

Hardin cita otra idea de La riqueza de las naciones, que Smith no solo no demostró sino que, quizá de forma inconsciente, la consideró tan inverosímil que le puso un nombre esotérico. La “mano invisible” se refiere a la creencia de que, aun cuando todos actúen por interés propio, eventualmente habrá una suerte de autocorrección y los resultados serán benéficos.

243 años después, la inequidad, la deforestación y la pérdida de biodiversidad, la contaminación y el cambio climático son algunas de las grandes demostraciones de que la mano invisible es, más bien, inexistente.

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Imagen de la desigualdad social y económica actual. / Foto: Imagen Médica

Hardin no se limitó a enunciar el problema, cuya raíz, aseguró, está en la sobrepoblación; lo que dijo es que la tragedia de los comunes no tiene solución técnica, que para resolver estos problemas habría que apelar a los principios y la moral de las personas.

“Es un error considerar que podemos controlar el crecimiento de la humanidad a largo plazo apelando a la consciencia” dijo Hardin en un argumento absolutamente darwiniano hasta en su genética, porque lo tomó de Galton Darwin, nieto de Charles. Así que, para Hardin, la solución era eliminar por ley la libertad de procreación.

Fue otras de las mujeres en la ciencia quien llego a demostrar lo contrario.

En 1990 Elinor Ostrom publicó el libro Governing the Commons. The evolution of institutions for collective action o El gobierno de los bienes comunes. La evolución de las instituciones de acción colectiva, su primera publicación sobre el tema data de 1965.

 Diecinueve años después, en 2009, Elinor Ostrom (1933-2012) se convirtió en la primera ganadora (y hasta ahora única) el Premio del Sveriges Riksbank en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel por “cuestionar la sabiduría convencional demostrando cómo la propiedad comunal puede ser manejada con éxito por las comunidades locales sin regulación alguna de parte de autoridades centrales y sin privatización”.

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Elinor Ostrom, la primer y única mujer en obtener un premio Nobel en Economía / Foto: Ecología Política

La palabra clave es “demostrando”, porque Ostrom no hizo teorías, modelos ni racionamientos, como Smith y Hardin. En palabras de Leticia Merino en la introducción del libro Trabajar juntos. Acciones comunes y múltiples métodos en la práctica, “si bien valores como la equidad, el autogobierno, la confianza, la reciprocidad, la cooperación, tienen un importante lugar en el marco de investigación de Ostrom, no constituyen supuestos ni puntos de partida, sino variables guía en un amplio programa de investigación empírica”. Variables guía que tal vez no hubiera incorporado un varón.

Epílogo: ¿y el otro sexo?

“¡El día de días!”, escribió Charles Darwin sobre su boda con Emma Wedgwood medio año después de haber comparado (favorablemente) su posible compañía con la de un perro. Tuvieron un matrimonio armonioso y diez hijos; Emma cuidó a Charles durante su larga, severa y fatal enfermedad (no se sabe bien cuál era pero fue realmente perniciosa).

Cuando tenía 26 años, Margaret Douglas se casó con Adam Smith padre, quien le llevaba 15 años y murió seis meses antes de que naciera el que sería fundador de la ciencia económica. Margaret nunca se volvió a casar; dedicó el resto de su larga vida a cuidar a Adam, quien decía que cuando ella muriera quedaría desvalido y desamparado, sin poder pensar en otras mujeres.

Lynn Petra Alexander (Lynn Margulis) se casó a los 19 años con el divulgador y astrofísico Carl Sagan, de quien, dijo, aprendió mucho de joven pero que después solo la obstaculizó; se divorciaron tras siete años de matrimonio. Su segundo esposo fue el botánico Thomas Margulis y duraron 13 años. Alguna vez dijo “renuncié a mi trabajo como esposa en dos ocasiones… no es humanamente posible ser una buena esposa, una buena madre y una científica de primera, algo hay que dejar”.

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Lynn Margulis, una de las mujeres más importante para la biología, y Carl Sagan el día de su boda / Foto: Archive Science

A principios de los 60, Elinor Claire Awan, otra de las mujeres importantes dentro de la historia de la ciencia, tomó un seminario de economía política con Vincent Ostrom, “quien sería mi colaborador más cercano y mi marido”; su colaboración fue sobre todo informal, pues casi no firmaron trabajos en conjunto. El Nobel no fue compartido. Permanecieron juntos desde su matrimonio en 1963 hasta la muerte de ella. Él murió unos días después.

Quise poner hacer este breviario de las relaciones afectivo-económicas que tuvieron con el otro sexo las y los protagonistas de este artículo, en busca de alguna conexión o idea general que las englobara. Pero, como debió haber sabido Adam Smith cuando quiso imitar a Isaac Newton y formular leyes del comportamiento social: los seres humanos y sus interacciones son mucho más complejas que los planetas y la gravitación.

Estoy siendo injusto, Smith, hace casi dos siglos y medio no tenía por qué saberlo, pero sí, sin duda, quienes actualmente se apegan a sus añejas palabras como si en verdad fueran una ley natural descubierta, como las de Newton, de manera científica. El interés personal NO es la única motivación del ser humano, por lo menos no de aquellos que no citan a Smith como si fuera la Biblia, y no hay una mano invisible que corrija las injusticias que genera el egoísmo desencadenado. Mujeres

En la evolución de los seres vivos y sus sociedades (nosotros incluídos), la competencia por los recursos sin duda nos moldea, pero es la cooperación y el encuentro entre los diferentes la que conduce a la creatividad y la innovación.

Sé que no estoy presentando evidencia científica de esto último; tampoco de que estas ideas solo podían habérseles ocurrido a mujeres y no a hombres, por lo que aprovecho para apropiarme unas palabras de Lynn Margulis: “No considero que mis ideas sean controversiales, considero que son correctas”Mujeres

Por último, creo que en esta historia sí puede haber una conclusión y, aunque me siento tentado a cerrarla con un tributo a Vincent Ostrom (un hombre que dejó de lado el orgullo que ha caracterizado históricamente a nuestro sexo), creo que en realidad esta es una historia de parejas, de personas que no veían a la otra tanto como perteneciente al “sexo opuesto” sino como “complementario”. Adam, Charles y Elinor no hubieran enriquecido tanto a la humanidad de no haber existido Margaret, Emma y Vincent.

Y Lynn… bueno, supongo ser una auténtica heroína tiene su precio.

Manuel Lino González

Manuel Lino González

Estudié biología, música y creación literaria. Encontré trabajo como periodista. Estaba en contacto con todo lo que me entusiasmaba y, sin embargo, me consideraba un científico, un músico y un escritor fracasados. Entonces me di cuenta de que no me gustaban las paredes, fueran las del periódico o las que decidimos que existen entre periodismo y literatura, entre artes y ciencias, entre público y creadores, entre amigos y enemigos… Ahora estoy en una publicación donde, si no las derrumbamos, al menos vamos a explorar qué tan sólidas son. Se llama Los Intangibles.